miércoles, 8 de septiembre de 2010

Hacia otros modos de arte y cultura



Hacia otros modos de arte y cultura
¿Cuál es el futuro deseable del arte?

Nuestro arte, el de hoy que es el ayer de mañana, es un arte no sistemático, su apariencia es la de un conjunto de desechos de diversa procedencia, regados en una galería como en un basurero sin una configuración rígida ni definida. Estamos ante una suerte de dispersión  donde la activación de significados es tan amplia como inconcreta en virtud de la heterogeneidad de nuestra época, de la exigencia de descomponer y reevaluar los detritus de un mundo presente, nada armonioso, insólito, un mundo por vivir.
Hoy coexiste el arte elitista, refinado, con el arte de divulgación popular. Hoy existe una relación entre los museos de arte contemporáneo y el mundo del espectáculo, con intercambios y préstamos recíprocos y continuos. Lo más parecido a un museo es el centro comercial. En el mundo del arte impera el gusto desaforado por el consumismo, la novedad, la reunión, el amontonamiento de cosas que se pretenden diferentes. Mientras tanto, hay investigadores que intentan desesperadamente salvar la cultura, creyéndose investidos de un mandato intelectual, acumulando enciclopedias, textos, almacenes electrónicos para transmitir a la posteridad un tesoro de saber. De este nuestro tiempo, que corre el riesgo de disolverse en la catástrofe, se ha dicho que es una época de transición permanente, para la cual habrá que utilizar nuevos métodos de adaptación: el problema no radica tanto en cómo conservar la cultura y el arte, sino más bien en elaborar una hipótesis sobre su futuro. Esta premisa es tan efectiva, como para repensar su sentido de cara a un futuro menos derrochador y especulativo. El arte requiere de razones para no ser voluntad arbitraria.
Nacerá, como está naciendo ya, un arte de la readaptación continua, nutrido de utopía, transformado en un equilibrio entre nostalgia, esperanza y desesperación. Este arte que aun siendo utopía, aun siendo imposible y por lo mismo dramático, para existir como tal, deberá nacer de la necesidad histórica, vivir una situación histórica y constituirse como lenguaje irrenunciable para este momento. Si hacemos valer la contundente frase: Ser arte es pertenecer a todos. La condición deseable del arte debe ser estructurada enfatizando su contexto, más allá de las individualidades que en los últimos años asoman en el panorama artístico internacional. Se huiría así de las novedades artísticas, que buscan su razón de ser en la espectacularidad, para profundizar en un sentido más amplio de la cultura. Se buscaría más la reflexión, el conocimiento y sobre todo, el diálogo entre contextos. El objetivo del arte debería ser, en definitiva, revelar las subjetividades, profundizar en los contenidos o en las contradicciones y tejer un hilo conductor capaz de proyectar esa suerte de descentramiento que deforme lo comprobado.
Más que una exposición de tesis o verdades, el arte es un dispositivo, por tanto un lugar para el pensamiento. La cultura y el arte dan al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Hacen de nosotros seres esencialmente inteligentes, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de la cultura discernimos los valores y prácticas. A través del arte, el ser humano se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones y crea obras que lo trascienden. Ser una obra de arte significa ser subjetividad y por lo tanto desplazamiento continuo. Sus formas más que referir significantes cerrados, hablan de la equivocidad del sentido, pura provisionalidad.
Conste que aquí nadie dice que la próxima era represente una perspectiva del todo trágica. Como decía Arthur Danto en su libro Después del fin del arte, “En cierto sentido la vida comienza realmente cuando la historia llega a un fin... ”
Manuel Velázquez
Xalapa, Veracruz, septiembre 2010